3 jun. 2012

Te llevaré hasta en los bolsillos.

Capítulo 2. La misma, la chica dulce, sin azúcar.
Los pajaritos me despiertan, con el pío pío. Y no hay despertador, no lo hay. ¡¡Dios mío, el despertador!! Las 10:45, qué desastre. Llego tarde, otra vez. Llamo a Tom, mi jefe, con su cara de jefe y sus gestos de jefe: Sí, Tom. Es que verás, me he levantado tarde. No llegaré a tiempo. Lo siento, de verdad. Y él me dice que sí, que no me preocupe, que la reunión de hoy no tenía importancia, que suerte para mañana, que todo bien, que me concede el día libre. Y una sonrisa me invade mientras cuelgo la llamada con un extenso gracias. ¿A qué dedicar el día de hoy? Jueves, son raros los jueves. ¿Jueveseas? No, si eso jueveseo más tarde. Ah, vale, cuando quieras estaremos en el jardín jueveseando. Sí, son raros los jueves. Nadie juevesea un miércoles, no. Suena el teléfono, es Kathy. Me dice que si quiero tomar café. Le digo que sí, que vale, que tengo el día libre, que en media hora. Llego a la cafetería, como de costumbre, Kathy llega tarde y yo muy temprano. Mientras tanto me pongo a leer una revista; veo en la portada un adelanto de la colección de Flavia Brahms, mi enemiga en las pasarelas. Que si tejidos novedosos, vestidos extravagantes, prendas vaporosas. ¿Qué se cree? En fin. Lo más curioso es que hubo un tiempo en el que fuimos amigas, muy buenas amigas. Pero ella quiso volar tan alto que acabó cayéndose, de repente, al escalón más bajo. Y mírala ahora: vengativa, con ansias de victoria, sed de duelo. Nos veremos el viernes, vierneseando. -Ha, ha, ha. -me río sola. Kathy entra a la cafetería, se sienta en el asiento contiguo al mío y observa que estoy leyendo el artículo de Flavia Brahms, me mira cómplice y sonríe. Mediante un código sordo-mudo pudimos entendernos. Ella pide un cortado y yo un descafeinado, con mucho azúcar. -Bueno, ¿qué tal llevas lo de mañana? -me pregunta. -Bien, muy bien. Creo que tengo posibilidades. Por lo que veo la colección de Flavia no es para tanto. -respondo. -No lo es, querida. -finaliza. El resto de nuestra conversación no tiene relevancia alguna, más sobre el desfile, sorbitos al café de vez en cuando, más desfile, que si mañana será un gran día, que si se ha apuntado a clases de botánica. -¡¿Cómo?! -pregunto sorprendida. -Sí, Carla. Clases de botánica, me apasiona. -responde.. Compruebo mediante algunas preguntas que se tratan de las mismas clases a las que me apunté ayer, sin sentido alguno, por cierto. -El profesor se llama Quique, es simpatiquísimo. Está un poco loco, dicen. -me informa Kathy. -¿Cómo dices que se llama? ¿Cómo dices que está? -interrogo. -Quique, loco. -responde Kathy confundida. -Dios mío, dios mío. Kathy, dios mío. Me he apuntado a esas clases, en fin. Ya te contaré -finalizo. Nos despedimos, Kathy me dice que mañana estaré allí apoyándome, en todo momento. Le digo que gracias, que hasta mañana. Me abraza, me transmiten mucha paz sus abrazos. Siempre lo han hecho. Llego a casa, un poco cansada. Decido bañarme, sí. Darme un de esos baños tan necesarios, relajantes, memorables. De esos en los que te da incluso pena quitar el tapón, de esos en los que me aíslo, del frío. Cuando abrí el armario para coger una toalla, un sobre cayó al suelo. ¿Qué hacía allí un sobre? En fin. Pude reconocerlo enseguida, el sobre de la carta, mi carta. ¡Cuánto tiempo! Bueno, no tanto. Todo ha sucedido muy rápido últimamente. Dios mío, dios mío. Por pura nostalgia abro el sobre y me pongo a leer la carta:

Y sólo quedan dos cerezas en el frutero, y me tendré que comer yo las dos, porque no estás para compartir todas aquellas cosas que antes eran de dos. Que desde mi ventana ya no se ve la luna, ya no. Y hoy sólo quedan en mi nevera yogures naturales y tú te has llevado el azúcar. Sabías perfectamente que no me gustan sin azúcar. Siempre me decías: He comprado yogures naturales, pero tranquila, también he comprado azúcar. ¡Qué demonios, tú eras el azúcar! Bueno, lo sigues siendo, pero ya no estás. Ahora tendré que ser yo, la misma, la chica dulce, sin azúcar. Ah, y sin ti.
Atentamente: rosa verde.

Al terminar de leer estas cutres palabras me invadió un escalofrío; de los de cosas bonitas, sinceras, profundas. En el reverso del sobre estaba escrito el nombre del receptor, del que se llevó el azúcar. Un tal.. ¡¡La bañera!! He dejado el grifo abierto. Me voy corriendo, dejo que la carta caiga de mis manos al suelo y con ella que mueran sus palabras. Me adentro en la bañera, el agua está extremadamente caliente. Sumerjo la cabeza y con ella mis días libres. Que mañana es viernes, la carta me ha herido y ahora pienso en el receptor, en el que ya no come cerezas. Un tal.. Quique. Estaba loco, creo.

1 comentario:

  1. te acabo de descubrir y ya tengo ganas de leerte otra vez, soy una bloguera más, nada especial, de las que se alegra cuando se encuentra una maravilla así sin ochenta millones de seguidores y que por eso se creerán mejores blogadictos. simplemente esperando a que publiques,

    www.martxelsara.blogspot.com

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