26 feb. 2012

Escudos perfumados. Sonrisas disfrazadas de rojo.

Flashes infinitos y eternos, copas de whisky en las galas de aquellos premios, elegantes y magestuosas sonrisas, miedo escondido bajo aquel rojo carmín, inseguridades camufladas en cada pestaña recargada de rimmel. Comienza el juego al que siempre gana, o nunca pierde. Se derrumba porque sabe, a pesar de todas las sonrisas, que todo se reduce a un simple escenario al que se le han fundido las luces. Morir y resucitar cada día. Nunca nadie la vio llorar, ni triste. Nunca nadie supo lo que se guardaba ni lo que se callaba en cada día quebrado, aparentemente brillante. Salir como cada día con sed de reconocimiento hasta que el reconocimiento se vuelve cotidiano y ya deja de saber de qué tiene sed. Entonces es cuando respirar se vuelve innecesario, la rapidez de la vida es a veces su aire. Al igual que una bella flor, renace al encontrarse con las luces intensas de aquellos teatros. Regresa a casa destrozada con la única sensación de ser una persona distinta, otra vez. Con la única esperanza de dormirse, de que el dolor causado por aquellos tacones beige se esfume. Mañana despertar sonriente a pesar de todo, volver a adentrarse en el mar de flashes para volver a llorar al marcharse. Después de todo, nunca dejó de ser aquella chica que algún día soñó con brillar. Quizás pequemos de querer brillar demasiado, quizás las luces se apaguen tarde o temprano. No entregueis nunca vuestro corazón por completo. [Inspirado en la vida de Marylin Monroe] 



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